Pensé que era un sueño que un rico tuviera las necesidades
de un pobre, y que en las casas de los pobres
habían entrado las necesidades de los ricos.
Pensé que era un sueño que en el despacho de un abogado había desaparecido la justicia; y que de la escuela del maestro
se escaparon los valores humanos.
Pensé que era un sueño que en el gabinete de un psicólogo no había ya armonía interior; y que los gimnasios servían solo para dormir la
siesta.
Pensé que era un sueño que en la casa de un obrero ya no quedaba pan para compartir;
y que en la casa
de un estudiante no había libros de ideales profundos.
Por unos momentos pensé que se había ido de viaje la solidaridad, abandonando la casa de un
altruista; y que los premios Nobel
de la paz se concedían a quienes
armaban más guerras.
Por unos momentos pensé que aquellas ideas no se parecían en nada a la realidad de
justicia y equilibrio que yo quería para mi planeta; y que, quizá, todos
esos pensamientos no existían nada más en un desafortunado sueño.
Entré en una comunidad cristiana y recibí cursos para despertar del mal
sueño y aprendí a multiplicar los panes y los peces, para que nadie pase
necesidad.
En otro curso aprendí del maestro, Jesús, a
contratar obreros sin cometer injusticias, pero pagando a todos por igual,
aunque llegaran a la última hora.
En otro curso me enseñaron a interpretar el
evangelio para aplicar las claves con las que cambiar la injusta realidad, aunque
a veces se confunda con nuestros peores sueños.
¿Desde dónde
te sitúas?
Puedes poner tus
reflexiones en "comentarios", que está debajo de cada escrito en el
blog.
Hasta la próxima semana.
Tino Escribano Ruiz






