Observé las torres
afiladas de la catedral de Burgos, y, admirado por la belleza de su finura y
esbeltez que toca las nubes, me puse a buscar
las metas que tocan el cielo.
Observé las filas de
piedras y los arcos del acueducto de
Segovia, y, admirado por su belleza armoniosa, me puse buscar lo que parece imposible en la líneas del horizonte donde las
paralelas puedan algún día encontrarse.
Observé la geometría perfecta de las pirámides de
Keops, Kefren y Micerinos de Egipto, y, admirado por su belleza me puse a buscar el origen de la sabiduría en los
teoremas matemáticos.
Observé la robustez de las murallas de Ávila, y,
admirado por su belleza me puse a buscar
el origen de la máxima fortaleza que me pusiera a salvo de todos los peligros.
Observé la majestuosa cúpula de Miguel Ángel en Roma,
y, admirado por su belleza me puse a buscar
el origen del camino para llegar al pórtico de la gloria.
Observé la ordenada estructura de la torre Eiffel
de París,y, admirado por su belleza me puse a buscar el origen de la plataforma para conectar con la piedra
filosofal.
Observé a una comunidad cristiana y en ella
descubrí el origen de toda la belleza en las personas que construyen un edificio para
toda la humanidad. Cada persona es una
piedra viva que se une a otras piedras para hacer posible la presencia de
Jesús, que es la máxima belleza y la plena sabiduría del edificio perfectamente
logrado. El evangelio recoge con precisión, los planos que guían la
construcción de esta obra inacabada.
¿Desde dónde te sitúas?
Puedes enviar tus reflexiones a esta dirección:
¡Hasta la próxima semana!
Tino Escribano Ruiz